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El 26 de enero de 1983, hace exactamente 30 años, el Perú vivió uno de los sucesos más trágicos de su historia contemporánea: la masacre de Uchuraccay. Ocho periodistas fueron victimados, sin que se conozca hasta el día de hoy, qué es lo que realmente ocurrió en ese fatídico día.
Los familiares, así como los periodistas y la población en general, nunca recibieron de parte de las autoridades judiciales y políticas, un informe real que detallara lo que finalmente ocurrió en esas frías tierras ayacuchanas.
La magnitud de tan alevoso crimen puso en el mapa del mundo el nombre de un pueblo desconocido en las alturas del Perú y desde entonces los periodistas comenzamos a morir de indignación y pena. Han transcurrido 30 años y seguimos muriendo, poco a poco, porque hay heridas que jamás cierran.
Cada año rendimos homenaje a nuestros colegas caídos en el cumplimiento del deber, pero cada año también seguimos exigiendo castigo para quienes cometieron este horrible crimen que sólo Dios sabe quién o quiénes fueron los autores materiales e intelectuales.
Los ocho periodistas asesinados en las alturas de Uchuraccay, nos dejaron un gran mensaje, sobre todo a las nuevas generaciones de periodistas. Este mensaje es tener siempre como bandera la verdad, que es nuestra arma principal. Los periodistas tenemos el deber ineludible de buscar la verdad a fin de contribuir a alcanzar una sociedad más justa, en la cual no tenga cabida la corrupción, que es uno de los grandes males que genera pobreza en el país.
Ahora que se cumplen 30 años de la muerte de nuestros mártires, sea propicia la oportunidad, no sólo para homenajes tradicionales sino para retomar la unidad y emprender la lucha por una verdadera reivindicación de los derechos del periodista.
HOY.
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